1. el arte participa, más intensamente que nunca, en la destrucción del mundo, en la depredación de lo vivo.
2. montadas en una ola creciente cuyo origen fue la glorificación de la cultura por encima de las condiciones materiales que la hacen posible, las civilizaciones occidentales y occidentalizadas han alcanzado una cima absurda en la que los objetos culturales más sofisticados son precisamente aquellos que requieren una mayor cantidad de destrucción.
3. es tremendamente desolador ver a tantos artistas poniendo en juego tecnologías nuevas y relucientes cuya producción y uso provoca y pasa por alto graves conflictos sociales y ecológicos. verlos en su alegre operación es la patética confirmación de la creencia según la cual el arte existe en una esfera completamente aislada del mundo y de la vida.
4. en esa cima de ensimismamiento podemos encontrar, hoy en día, a todo el arte que utiliza tecnologías digitales como medio o herramienta. mientras que dicho formato artístico es objeto de una consideración sin precedente por parte de las élites culturales, los dispositivos y algoritmos que le dan forma ponen en marcha y alimentan una serie desgarradora de procesos extractivos, que desintegran comunidades humanas y ecosistemas. no es coincidencia que precisamente las tecnologías digitales se encuentren entre las aliadas más útiles en la perpetración de genocidios.
5. justamente en los ecosistemas y comunidades que son depredados en aras de la tecnología, el arte digital brilla por su ausencia, y esa ausencia es un signo aullante: nos grita en la cara que allí se están reproduciendo las peores marcas de identidad del colonialismo. zonas de sacrificio que sufren para que artistas urbanos (ricos o precarizados por igual) puedan inundar el mundo con sus creaciones pixeladas. ¡pero qué poca vida hay en sus pantallas! habrá que seguir de nuevo al rey ludd y romperlas a martillazos.
6. la separación entre cultura y naturaleza, seña distintiva de la fallida empresa de la modernidad, produce hoy, masiva y aceleradamente, un arte gris y serializado, ensalzado desde la cultura dominante, mientras que sus devastadores impactos y consecuencias son convenientemente ignoradas. a la vez, las sociedades urbanas se hunden cada vez más en el pánico, la ansiedad y la desesperanza ante el colapso de las condiciones que las sostienen. solamente un arte anti-moderno puede ayudar a curar esa herida metabólica y sensible. solamente un arte que se oponga al mortífero proyecto de la modernidad puede participar en la restauración del continuo naturocultural.
7. el arte anti-moderno pretende curar esa escisión al poner en el mismo plano de valor las obras y las tierras, las ideas y las aguas, las formas y los seres humanos y no-humanos que las hacen posibles. un arte que no sea más importante que los árboles, piedras y ríos que permiten su existencia material. nunca más un arte sin hormigas: colonias vivas y proliferantes, ¡tiñan la tierra de negro y rojo! hormigas y helechos y montañas que, en arte, sean sujetos y no objetos.
8. el arte anti-moderno se niega a reconocer y premiar obras cuya realización requiera la minería intensiva, el despilfarro de energía y materia, la aniquilación de la diversidad de lo vivo, la contaminación de suelos, aguas y aires y la opresión de humanos, y se compromete en cambio a denunciar estos excesos, que dejarán de ser aceptados o pasados por alto. nunca más un arte que excuse la destrucción por el bien del arte.
9. el arte-anti-moderno participa activamente en la restauración del mundo y considera aberrante e inaceptable toda forma artística que no trabaje en ese sentido.
10. el arte anti-moderno da la espalda a las tendencias autodestructivas de la modernidad occidental para buscar su lugar entre las aguas y el aire fresco de las culturas que nunca olvidaron su vínculo con el mundo, con la tierra. el arte de esas culturas, tantas veces denigrado a la categoría de artesanía, guarda claves más profundas y vitales que el hueco formalismo de los museos, que la nausea electrónica tecno-extractiva del arte digital, que la viscosa verborrea, cobardía y condescendencia de las élites artístico-intelectuales y sus lacayos.
11. el arte anti-moderno vuelve a empezar: se aleja de las pantallas y del exceso tecnológico, de las salas blancas y los catálogos ilegibles para volver al origen animal, vegetal y mineral de la cultura: al pasaje infinito entre lo iluminado y lo oscuro, al eterno tejerse y destejerse del viento y las mareas, al color gloriosamente sucio de la tierra, al canto de la flor del desierto silenciado durante tanto tiempo por el gris monótono de la numerización, que hoy disfraza su rostro asesino con la palabra arte.
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