la vida como teatro

alguna vez leí una entrevista a james lovelock, autor de la hipótesis de gaia, en la que se le preguntó qué buscaría si deseara encontrar vida en el espacio exterior. en marte, por ejemplo. lovelock respondió que buscaría allí evidencias de neguentropía, y que esos signos no serían otra cosa que el propio ritmo esencial que da vida a un sistema dinámico como el de la biosfera terrestre: gaia. así, vista desde fuera, la atmósfera de la tierra sería una evidencia de que en el planeta observado existe una agencia telúrica de lo vivo que se opone a la entropía.

también conocida como entropía negativa, la neguentropía puede entenderse desde la biología como la tendencia de lo vivo a crear un orden observable a su alrededor. de acuerdo con erwin schrödinger, en un sistema abierto, es decir, en interacción con su exterior, la materia viva evade la corrupción al buscar el equilibrio termodinámico a través del mantenimiento homeostático de la entropía negativa. lovelock parte de las teorías de schrödinger para proponer que la tierra, y todo lo que en ella vive, es materia que permanentemente persigue el equilibrio termodinámico a través de la creación de una atmósfera común, de un espacio habitable y neguentrópico que permita la vida.

plantas y bacterias crean, expeliendo oxígeno y metano, una casa etérea y acogedora para ellas y para todo lo que respira. las plantas, al alternar su metabolismo entre las fases luminosa y oscura de la fotosíntesis, crean las condiciones ambientales necesarias para su respiración y nutrición y, como efecto colateral, para las de otros seres también. las colonias de bacterias que viven en el suelo dan forma a su propia casa al emanar en torno a sí halos de substancias que inhiben a otros microorganismos dañinos para ellas. las hormigas y termitas construyen edificios con sistemas de túneles y compartimentos, las abejas panales con celdas hexagonales. todas esas individualidades y colectividades son mismidades animadas y distribuidas que, al crear el orden que produce y reproduce las condiciones de su propia existencia, niegan la entropía.

sin embargo nuestro destino común es la entropía, la disolución definitiva y total de la vida en un caos helado. la muerte térmica del universo, o muerte entrópica, es el telos que aguarda pacientemente el agotamiento de la energía libre disponible para crear y mantener la vida. esa muerte, prevista por la propias leyes de la termodinámica que anuncian la inevitabilidad del aumento de la entropía, será un descanso final en el que el cosmos se librará, por fin, del ruido neguentrópico de la vida. lo vivo, pues, a pesar de su constante esfuerzo por generar orden, se dirige inexorablemente hacia la aniquilación.

¿es pues la vida una mera futilidad? ¿es nada más que un esfuerzo infinitamente patético y fundamentalmente inútil frente al inminente advenimiento de la máxima entropía?

futilidad y fatalidad: ¿para qué lo vivo? ¿por qué se gastan sin tregua los diez mil seres, si el tiempo cósmico de la extinción corre lento pero inexorable? ¿y cómo vivir sabiendo que, a pesar de que el gran congelamiento se encuentra en un punto muy lejano del tiempo humano, el destino próximo de nuestros cuerpos es la descomposición y la muerte?

la vida no es útil, propone ailton krenak. la vida, según el sabedor amazónico, no tiene una utilidad que pueda entenderse bajo ningún criterio de valor. no tiene una finalidad: lo vivo se basta a sí mismo y se consume gozosamente al momento.

desde la perspectiva de este breve ensayo, la no utilidad de la vida sería una doble negación. la primera negación es aquella que la vida produce al vivir: la neguentropía. la segunda sería el negar que la negación de la entropía tiene una finalidad o utilidad. bajo esta doble negación, la vida sería entonces un teatro: una constante y esforzada simulación en la que lo vivo hace como si realmente hubiera un propósito en el estar vivo, como si vivir fuera algo más que personificar un espectro. ¡vamos a morir! gritan los actores a coro sobre el escenario de la tierra. ¿lloran? ¿ríen? ¿o simplemente exhalan sonoramente?

lejos de dar voz a una angustia abismal, ese grito es un grito gozoso de guerra cósmica. ¡vamos a morir! como expresión de vitalidad plena que se consume en su propia enunciación, sin mañana, sin telos. el plural de la primera persona del grito, ese vamos, es también un canto que hermana a todas las mismidades vivas que habitan la tierra. quienes vamos a morir somos todos los sí-mismos: las personas-bacteria, las personas-planta, las personas-insecto, las personas-humanas. sólo podemos cantar juntas, juntos, juntes si nos reconocemos el uno en el otro: el espectro-humano en el espectro-planta, todxs en todo como un sí-msimo emergente, atravesando los halos de duración que nos separan del frío terminal.

abrazar fraternalmente el destino de caos-entropía y dejarse afectar por él para devenir esquizoides, para evadir cuerpo con cuerpo el congelamiento hiper-neguentrópico del orden paranoide-fascista. no puede haber un verdadero tejido interespecífico desde el orden absoluto, desde la negación de ese otro siempre seductor y amenazante. para tejer debemos, en cambio, reconocernos: abrirnos radicalmente a la muerte y hacerlo juntas y juntos, con infinito júbilo y placer.

una vida que vale la pena ser vivida es aquella que niega su propia utilidad y se abre radicalmente.