escrito en el primer confinamiento de la pandemia de covid-19, marzo de 2020

sabemos que nuestro pensamiento está mal preparado para entender la complejidad. también lo están los modelos matemáticos, que se vuelven imposibles de manejar una vez que el número de variables aumenta. y hoy nos las vemos con un mar de variables. no nos queda más que bailar. lo sugirió donella meadows: el baile es la mejor manera para sintonizar con un sistema complejo. el baile de un cuerpo que se mueve al compás de una música que nunca antes ha escuchado. el cuerpo que baila debe sentir e improvisar a cada instante. ajustar cada gesto, cada movimiento, a las fluctuaciones vibratorias, a las aceleraciones y ralentizaciones. no hay plan que valga, no hay afán de control que pueda sostenerse en pie ante un sistema complejo. hay que bailarlo. deleuze: bailar con la aceleración que ya tiene lugar en la profundidad de las cosas, de manera impersonal e incondicional. la música no es humana: es el código genético que gira vertiginosamente entre las paredes de proteina y lípidos del coronavirus. es su ritmo de replicación. son sus mutaciones, y las nuestras. girar así para sintonizar con la inmanencia de lo que nos pone en jaque, justamente para escapar de la jugada final y dar un paso a un lado. otro paso. un baile. bailar el virus como el baile de san vito, o mejor aún, como una tarantella que emborrona el límite entre la enfermedad y su conjuro. es en serio: quizás las mejores estrategias epidemiológicas sean aquellas que logran bailar con el virus para anticiparse a sus pasos, para leer sus ritmos y sacarle la vuelta con y a través del cuerpo común.
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