¿quién puede investigar?

Si la investigación es una indagación metódica capaz de descubrirnos nuevas formas de hacer y de pensar, de profundizar y de ensanchar nuestra relación con el mundo, podríamos afirmar que se trata de una tarea vital y que, por ello, debería estar al alcance de cualquier persona, sin importar su condición. Sin embargo, en nuestros entornos sociales las personas que investigan suelen tener una serie de características especiales que las acreditan como tales. Quien puede investigar no es solamente una persona escolarizada, sino también experta en la materia que intenta dilucidar. Ha pasado por los filtros celosamente custodiados por la academia, y ha interiorizado los métodos y metodologías que garantizan que su investigación cumplirá con los estándares avalados por su disciplina. Pero, si la investigación es una ocupación vital, ¿qué sucede con las pesquisas y hallazgos de quienes no han tenido el privilegio de una educación formal? ¿Qué sucede con quienes sólo son expertos en aquello que su propia vida les ha enseñado? ¿Qué valor le damos a los saberes que son fruto de formas de pensar y hacer que difícilmente tendrían cabida en la academia?