Mil antenas apuntan al cielo en busca de un patrón

El ruido pulveriza la teleología de un solo crujido. Saber ancestral: subir montañas a ojos cerrados. Bajarlas no como consecuencia, sino como escalada inversa hacia el doblez del tiempo. Desde // hacia: la diferencia engendra el ruido. El ruido es la potencia nómada [por montañas] que engendra diferencias. Una diferencia diferente. Ruido es lo que queda, el polvo de los datos no registrados. La montaña es el polvo por el que subo. Señales son visiones del ver apofénico: señales son otro ruido: una diferencia diferente, una montaña de polvo. Las raíces engendran la piedra a la que se aferran. Cada doblez del tiempo-piedra es un dato no registrado. No registrable por la computadora de carne. Ruido. Ser-ruido, ser-en-ruido: nada de esto puede decirse.

Mirando el sol quedo ciego: hago lugar en mi cuerpo para el ruido. La pérdida: polvo. Nada que sea polvo está perdido: está en otro sitio, bajo otro sol. Perder una montaña: señal en el ruido. La montaña es un dato duro hecho de polvo. Los insectos [avispas, hormigas, orugas, moscas] hacen vuelos de piedra: sueltan polvo. Hacen ruido de alta montaña, engendran el horizonte. Mis pasos ciegos son ruido ancestral: no sé cómo piso. Paso por las piedras, levanto polvo y el ruido me hace. Soy caminante entre insectos que me deshacen con sus miradas. Somos juntos una serie harmónica que se deshace en combate.

Bajar montañas abriendo al insecto que hace ruido en mí. Recomponer cabezas. La sangre-ruido late por las sienes del aire: entra en rugidos. Penetra, hace raíz en mi miedo. Paso a paso. El ruido consigue avanzar: el ruido soy yo, con los automóviles y los aviones y los drones y las cargas de profundidad, descritos por las líneas de mis manos. La Historia es pura apofenia: la intención ficción. Lo hecho, lo fabricado, es ruido.

A fuerza de pisar me voy haciendo, poco a poco, montaña. Me pulverizo.

La montaña es vacía: ex-propiada. El polvo es vacío: no está debajo de sí mismo. No es sub-stancia: es ruido puro. Ruido es nada. El polvo no engendra y, sin embargo, hace montañas. Todo se contradice: nada es otro. Mis pasos son mis pasos en la montaña, que por un arte oscuro se suceden ciegamente. Mis pasos pasan sin mí, es decir, sin mi visión. Pasan en mi nada: los escucho y son ruidos cuyo ritmo no basta para hacerlos descifrables. Ritmo es ficción: momento, halo de duración. Señal // holograma que se desvanece según el desierto avanza.

El alma de polvo de la mosca engendra montañas de raices enmarañadas con piedra. Una raíz se sumerge en el polvo de los aviones que vuelan en círculos. El desierto de los aviones. El ruido no empieza ni acaba. De un tren-circumferencia, una columna circular. La mosca es el hueco en el centro del círculo: la prueba del ruido, amasijo de proteina volante. Los aviones del desierto, varados en polvo. Sumergidos en nada, echando raíz de ruido térmico. Metal ardiente: ni siquiera las moscas.

El polvo se refleja en mí como la luna en un estanque. Perímetro trémulo.

El desierto es la mosca, y mis pasos, y el río [lejano, aquí], y el ruido que queda como estela detrás de los aviones. El latir del ruido estelado pulsa en las sienes de las carcasas varadas: memoria: nada. El polvo es el insecto del ruido. Solo un latir ciego sería capaz de confundirlo todo. Ciego, sin embargo, subo y bajo: doblo el tiempo con mis pies, exhalo. El ritmo del polvo lo cubre todo: polvo es el anuncio de la guerra total. Polvo es lo que vence, lo que perdura, permanece. Cargo el dolor de una pantalla en mí, veo en ella imágenes del polvo que viene. Ruido irradia la diminuta mosca del interior. Avión atrapado. Bajo entre el dolor de mi combate, mis pies sangran y eso también es ruido. Escribo, y es silencio.

Cuando la mosca aparezca en la cabeza de la montaña, ya será demasiado tarde. Tendrán las bocas llenas de polvo. Sin fin.