El redescubrimiento de la música.
Western Pacific Biotwang.
Al ser exhalado, el aire atraviesa las compuertas de la carne: bien irrigadas, vibrátiles. Al ser exhalado rítmicamente, acompañado por las respectivas inhalaciones, el aire-voz se escucha en forma de jadeos, en forma de animal que corre, de vuelo sangriento que reparte humedad sobre el suelo frío de las ruinas.
Ahora bien, hay voz que no es aire, hay voz que no es voz pero sí es canto, canto no exhalado. Canto sin aire, a eso me refiero.
Se escuchó por primera vez sobre la Fosa de las Marianas: un resorte luminoso que parecía responder al jugueteo cósmico de fotones, de agujeros sin cuerpo, de materia oscura. Un jugueteo ondulante que descendía hasta el fondo de las aguas, cada vez menos azules, azules hasta la negrura. Densas, cada vez menos capaces de vibración audible. Misterio sonoro, ecos. Hasta allí bajaba, y desde allí volvía, desde lo hondo negro, desde lo profundo y pesado: un leve murmullo que había vencido una presión de miles de atmósferas.
Atmósferas líquidas, densas como metal. El sonido de sus trubluencias: emergiendo. Voz sin aire.
Quien nadase o navegase sobre la fosa, en algún punto entre Japón y Australia, no escucharía, sino sentiría, ese tensor cósmico en sus huesos, en cada vértebra de la columna, en los nervios, en las células. Quien navegase, pero sobre todo quien nadase, sería succionado totalmente, aunque de manera fugaz y efímera, hacia dentro de otro cosmos: un uno: un abrumador, un total de luces y oscuridades sin forma. Un jardín de todos los pensamientos, jardín de lo no-pensable, huerto de vida y muerte, bosque de misterios, selva de lamento y gozo, tundra suspendida en el aire y sumergida a la vez, desierto vegetal. Todo ello en un abrir y cerrar de ojos: incomprensible, indecible, indescriptible.
Y después sería devuelto, pero en otro estado.
Varios viajaron sin vuelta a ese sueño. Otros, menos afortunados, volvieron solamente para quedar convertidos en mineral: ciegos, mudos. Desollados.
Ay, quien nadase sobre la Fosa de las Marianas. MMMMMM.
Boro.
La neguentropía no puede verse de cerca: hacen falta telescopios, ondas radioeléctricas, transmisión: la vida, y el orden que ésta produce, no pueden verse de cerca. No puede respirarse lo vivo, hay que ver lo vivo una vez que ha muerto. Matarlo.
Para ver la respiración de la vida hay que estudiar el boro. Hay que extender el oído hasta sus huecos infinitesimales, hacer silencio absoluto para escuchar los ecos espalados de millones de rayos cósmicos. El boro habla en resortes. No dice cómo fue parida esta estrella, o cómo murió aquella otra. No habla, pero no deja de decir.
Hay un núcleo de boro, de bórax, enterrado bajo la cordillera submarina que rodea la Fosa de las Marianas. Se escapa hacia arriba, en columnas nebulosas.
Las sondas robóticas encontraron un núcleo similar en Marte. Pero eso fue hace cien o trescientos años, cuando aún se mandaban sondas robóticas a explorar otros planetas.
El resorte se extiende a lo largo de 50 millones de kilómetros, y oscila negando y afirmando el caos alternantemente. Oscila haciendo vida: columpio de las enanas blancas, cuerda vocal de cetáceos en ruta, hilo del que cuelgan los bosques, las gotas de rocío, los hoyos negros, el s()l. Viene de fuera, el boro. Va hacia afuera.
Da las últimas brazadas, exhausto, desnudo. Hay que estar desnudo para hablar con el boro.
Su piel brilla bajo la luna: los tripulantes del barco lo alzan, recupera el aliento, jadeando, sobre la cubierta. Sobre su cuerpo la reverberación del boro, secreto aún guardado. Leer frecuencias tonales, atonales sobre la piel del nadador. Ciencia, inmersión. Hay que hacerlo de noche. De día, el s()l es una fuerza desgarradora: arranca, estría, mata.
La neguentropía es una música que permanece por breves momentos sobre la piel: oportunidad inigualable, aunque fugaz, para observarla de cerca. Es un suspiro que gotea por la espalda, el pecho, las nalgas el pene, las piernas, los pies. La neguentropía es una miel cósmica. Miel negra cósmica. Poema negro que canta la nucleosíntesis estelar: hacer salir, empujar hacia arriba la voz sin aire.
Apnea: música.
Primavera.
Ha llegado la primavera. Sobre el mar hay una luz distinta a la de los últimos meses. Los cuerpos ansían calor, desean la desnudez y el contacto con la arena. La espuma, lo que no quema.
Ha llegado la primavera según el antiguo calendario, encontrado por los viejos bajo los escombros que habitamos. Hay una hoja marcada con la palabra Marzo, hay un día marcado, es hoy.
“Ha llegado la primavera”, se decía en otras eras. Hace más de cien o trecientos años. Pero ya no llega. Ahora lo que llega es el mar, el mar llega hasta el borde de las ruinas que antes eran calles, parques, oficinas, salas de juntas y auditorios. El s()l ya no calienta ni acaricia los cuerpos: pero los destroza, los marca con lesiones, carcinomas de metástasis fulminante.
Mi cuerpo y el tuyo se acurrucan entre cemento roto, entre metal cruvado, sobre vidrios que ya no cortan. Mi cuerpo y el tuyo no se respiran, ni se respirarán jamás bajo el día, cubiertos como están con estas apestosas, pesadas pieles de otros animales. Tu cuerpo y el mio se llenan de ronchas que no podemos ver ni rascar: se infectan, nuestras pieles se florean espolvoreadas de hongos rojizos, verdosos, negros.
Ha llegado el día, pues, y entonces hay que salir rápidamente, atrapar insectos antes de que vuelvan a sus escondites, atrapar un roedor quizás, inshallah, y volver, rápidamente también. Abrigados por esta sombra de polvo que se sostiene en el aire, por esta burbuja de rigidez, comeremos lentamente hasta que pase el día. Dormitaremos, el uno sobre el otro, despertaremos, una y otra vez, para crujir insectos entre nuestros dientes. Para sorber lo que se escurre por nuestros labios, exprimir los líquidos de nuestras barbas, beberlos, dormitar entre las fiebres, despertar, dormir.
Y así. Inshallah.
Aprender a gruñir.
- “Quiero aprender a gruñir.”
- “Gruñe y ya.”
- “Pero quiero gruñir bien.”
- “¿Qué significa gruñir bien?”
- “No lo sé. Estremecer. Dar miedo. Hacer belleza animal.”
- “Tú gruñe y ya.”
- “Gruñe tú también.”
- “GG-GG-HAAAGH.”
- “Más”
- “GGGRRRAAAHHG. ¡GRRRAAARRHH!”
- “¡Así, más!”
- “Pero eras tu”, cof, cof, “quien quería gruñir.”
- “Gruñe.”
Nubes de boro. Nubes de algo que no es líquido. Oscurecen el s()l por momentos, dan descanso. Enfrían el sudor. Dan motivo a nuestras estorbosas pieles. Se hace el frío de inmediato cuando llega la sombra. La sombra de boro, o de otra cosa que no sabemos.
Ya no sabemos nada.
- “Hay que saber gruñir.”
- “¿Para qué? Nada de lo que cazamos tiene oído. O casi nada. No hace falta intimidar.”
- “Tenemos que gruñir, tenemos que gruñir.”
- “¿Para qué?”
- “No lo sé.”
La gran montaña.
Ella, que soy yo, vive junto conmigo a la sombra de la gran montaña. Algunos la llaman Olimpo, pero casi todos nosotros nos referimos a ella como la gran montaña. No se sabe cómo, hace cien o trescientos años, se formó esta enorme masa de metal y cemento. Sus laderas tienen una pendiente suave, y resulta sencillo subir hasta la cima, desde la cual se alcanzan a ver los límites de la antigua ciudadela, por un lado, y la resonante oscilación del mar, por el otro.
Quizás llaman Olimpo a este amontonamiento monstruoso porque, entre escombros y destrucción, aún se pueden encontrar enteros algunos letreros con antiguos nombres supremos. McDonald's, Zara, Coca Cola, Benetton, Banco Santander, Adidas, Cartier. No sabemos a quiénes pertenecían estos nombres, no sabemos la historia. No queda la memoria. Pero los viejos dicen que eran los nombres de seres omnipotentes, que esto que escalamos es un panteón de grandes nombres. Dioses, pues. La cuestión es que los signos y los colores de los letreros, que se encuentran regados por las laderas de la gran montaña, dan sentido a la silenciosa desolación de estas ruinas. Son el único testimonio, además de ciertos objetos rotos que se van desenterrando aquí y allí (no sabemos lo que son), de que alguna vez hubo aquí una civilización, grande en magnitud y alcance, quizás también en conocimiento. Grande en muerte.
Pero ya no sabemos nada: los libros se pudrieron, las memorias electrónicas quedaron inservibles hace demasiado tiempo, los viejos no recuerdan ya nada, o no quieren recordar. Cuando les preguntamos, solamente dicen que todo se fue muy rápidamente, que todo se borró.
Yo, que soy él, paso mis pocas horas de vigilia observando las sombras correr sobre las laderas de la gran montaña, a través del boquete que hay en la pared. Veo, sobre todo, el fluir del río de vidrio quebrado que baja por uno de sus costados. Tintineando, crujiendo y brillando, desemboca en el mar.
Oh, qué ganas de revolcarse en los vidrios, desnudo. Dejar que sus filos rasguen esta piel cubierta de costras, enardecida por hongos e infecciones. Oh, qué ganas de cortarse, de que el ardor y el desgarro terminen de una vez por todas con esta maldita comezón.
El desnudo.
La piel huye del cuerpo. De su cuerpo. La piel se cuela por entre las rendijas de esa reverberación casi palpable de la noche, asciende y desciende por las espirales del resorte luminoso.
La piel que se va deja a un descarnado, un descarnado que muere lenta y dolorosamente. Un descarnado que investigaba. El investigador, cuya única tarea consistía en sumergirse desnudo en la oscuridad, muere sin haber conocido el secreto.
Después de él no hay más investigadores.
Los miembros de la tripulación, mudos, gravitan hacia la cubierta del barco, se balancean sin saber. Sin quehacer. Escuchan. ¿Por qué el boro canta? Ya no habrá respuesta, sólo esos latidos: montañas de arriba, montañas de abajo, pulsos de la tierra. Neguentropía sin por qué.
Los gruñidos agitan el resorte, las ondulaciones van adquiriendo una inercia creciente, peligrosa. ¿Peligrosa para quién? Gruñen, intuyen. Pero no saben. El resorte, al agitarse, gruñe también: retroalimentación positiva: entropía en aumento. Borradura de la vida. Borradura del largo plazo. Y siglos después, neguentropía: homesotasis repleta, tensa. Y así se va haciendo la música.
La piel del que nadaba desnudo huyó sin encontrar nuevos huesos a los que adherirse. Será tragada por bacterias, lenta o rápidamente. Será tragada por el boro.
Ya el tiempo no es humano: nunca lo fue.
Rutas, voluntad no humana.
El bórax, conocido como tincal, se usó por primera vez en China alrededor del año 300 dC. Algunos bórax crudos llegaron a occidente, donde el alquimista persa Jābir ibn Hayyān aparentemente lo mencionó en 700 dC. Marco Polo trajo algunos esmaltes a Italia y Agricola, alrededor de 1600, informó sobre el uso de bórax como un fundente en la metalurgia. En 1777, las propiedades medicinales del ácido bórico, en aquel entonces llamado sal sedativum, fueron reconocidas en las aguas termales (soffioni) cerca de Florencia, Italia.
Al mineral raro se le llama sassolite, y se encuentra en Sasso, Italia. Sasso fue la principal fuente de bórax europeo entre 1827 y 1872, hasta que fue reemplazado por las importaciones de América. Los compuestos de boro se usaron relativamente poco hasta finales de 1800, cuando fue popularizado por la Francis Marion Smith's Pacific Coast Borax Company, quien eventualmente lo produjo en volumen y a bajo costo. Con el tiempo, el ser humano fue des-cubriendo el boro.
¿O acaso sucedió al revés?
El boro dice algo así: el tiempo nunca fue humano.
Las estrellas también gruñen.
Fue el vaivén de estas rutas que cruzaban continentes y océanos lo que dio origen a la voluntad del boro. O fue quizás la voluntad mineral la que, desde mucho antes, quiso hacer nacer y extender nuestro frenesí comercial, nuestras continuas migraciones a lo largo de los siglos. En cualquier caso, el tiempo fue mineral mientras duró. Y lo que perduró tras el tiempo fue el mineral, no nosotros. Prevaleció esa voluntad rara. [el boro utilizó lo vivo-humano no sólo como vehículo, sino como fuente de vida: el boro extrajo vida de las instancias errantes de lo vivo-humano: la historia de lo humano como desfile de bestias de carga, como minas de carne y ánima explotadas por el mineral] Y floreció, y subió y bajó por cuenta propia, y dejó en tierra, pudiréndose, a sus antiguos animales.
No más vida de carbono: vida de boro. El núcleo de bórax que late en el fondo de las MMMMMMarianas exhala, arroja un polvo cuyas características neguentrópicas permiten clasificarlo como forma viviente. Como lo que se produce a sí mismo. Fue quizás esta vida, ni animal, ni bacteriana, ni vírica, sino otra, lo que provocó la huida de la piel del nadador. Lo que provoca nuestros cantos. Lo que provocó lo humano: esperma de boro.
Nosotros cantamos.
Somos animal-piedra. Veneramos la gran montaña. Nos bañamos vestidos, con doble piel, en el río de cristal que baja por la ladera. No nos corta, no nos sangra. No hay sangre como no hay tiempo como no hay bacterias que perforen nuestros intestinos ni los intestinos de los nemátodos que antiguamente comían lo que cultivábamos pero ya no hay cultivos ya no hay granos no hay memoria las ratas nos abandonan casi por completo los gatos nos abandonan: sólo quedan insectos que esperan nuestra muerte que esperan la huída de las pieles para succionar el poco líquido que queda en nuestros cuerpos putrefactos: en nuestros cuerpos casi secos: gotas miasma condensación peste. Pero cantamos, somos animal-resorte. Los cantos que provienen de las ruinas, de nuestras gargantas, del resorte, de las columnas de vida que emergen de las MMMMMMarianas, se acoplan. Generan armónicos, choques de frecuencias que estallan, explosiones de agua, de aire, atmósferas que estallan. Lo que canta arriba, lo que canta abajo.
- “Ahora calla.”
- “Me habías hecho gruñir y ahora me pides que me calle. Pero no tienes poder sobre mi garganta.”
- “Te puedo estrangular.”
- “Inténtalo.”

Breve silencio.

- “¿Qué eres?”
- “No lo sé.”
- “Lo sabes.”
- “Tal vez. Pero me han dado permiso para no decirlo.”
- “Te niegas.”
Dilatar hasta el infinito la distancia entre la apariencia y las historias que la voz interior cuenta-canta. Llenar esa distancia con gruñidos y preguntas. Mentiras sagradas, emanación cósmica. Boro: grano, semilla. Semilla de lo que sigue. Que entre la siguiente era, que nos penetre.
- “Eres el mar que se desborda en el nervio del pulpo.”
- “Soy el boro que sube hasta Alfa Centauro y explota allí.”
- “Eres el color de MMMMMMacDonald's, eres el dolor de adentro.”
- “Soy la piel con la que me cubro. Soy la comezón. Soy la reina ZZZZZZara”
- “Eres el frío y el calor. Eres un murciélago enfermo.”
- “Soy su ébola cantando riachuelos de fiebre.”
- “Eres algo.”
- “Soy nada.”
El río tintinea brillante.
Misión y visión.
Algún ser, probablemente humano, supo manipular aparatos sofisticados para inscribir el siguiente mensaje en el ADN (sí, el ADN) de una partícula de boro:
01001110 01110101 01100101 01110011 01110100 01110010 00110000 00100000 01100010 01100001 01101110 01100011 00110000 00100000 01100011 01110101 01100101 01101110 01110100 01100001 00100000 01100011 00110000 01101110 00100000 01110101 01101110 00100000 01101101 00110000 01100100 01100101 01101100 01101111 00100000 01100100 01100101 00100000 01101110 01100101 01100111 00110000 01100011 01101001 00110000 00100000 01100011 01100101 01101110 01110100 01110010 01100001 01100100 00110000 00100000 01100101 01101110 00100000 01100101 01101100 00100000 01100011 01101100 00110001 01100101 01101110 01110100 01100101 00100000 01110001 01110101 01100101 00100000 01101100 01100101 00100000 01110000 01100101 01110010 01101101 00110001 01110100 01100101 00100000 01100011 01110101 01101101 01110000 01101100 00110001 01110010 00100000 01100011 00110000 01101110 00100000 01110011 01110101 00100000 01101101 00110001 01110011 00110001 00110000 01101110 00100000 01100100 01100101 00100000 01100011 00110000 01101110 01110100 01110010 00110001 01100010 01110101 00110001 01110010 00100000 01100001 01101100 00100000 01110000 01110010 00110000 01100111 01110010 01100101 01110011 00110000 00100000 01100100 01100101 00100000 01101100 01100001 01110011 00100000 01110000 01100101 01110010 01110011 00110000 01101110 01100001 01110011 00100000 01111001 00100000 01100100 01100101 00100000 01101100 01100001 01110011 00100000 01100101 01101101 01110000 01110010 01100101 01110011 01100001 01110011 00101110 00100000 01001110 01110101 01100101 01110011 01110100 01110010 01100001 00100000 01110110 00110001 01110011 00110001 00110000 01101110 00100000 01100101 01110011 00100000 01100011 00110000 01101110 01110110 01100101 01110010 01110100 00110001 01110010 01101110 00110000 01110011 00100000 01100101 01101110 00100000 01100101 01101100 00100000 01101101 01100101 01101010 00110000 01110010 00100000 01100010 01100001 01101110 01100011 00110000 00100000 01100011 00110000 01101101 01100101 01110010 01100011 00110001 01100001 01101100 00101100 00100000 01100111 01100001 01101110 11000011 10100001 01101110 01100100 00110000 01101110 00110000 01110011 00100000 01101100 01100001 00100000 01100011 00110000 01101110 01100110 00110001 01100001 01101110 01111010 01100001 00100000 01100100 01100101 00100000 01101110 01110101 01100101 01110011 01110100 01110010 00110000 01110011 00100000 01100101 01101101 01110000 01101100 01100101 01100001 01100100 00110000 01110011 00101100 00100000 01100011 01101100 00110001 01100101 01101110 01110100 01100101 01110011 00101100 00100000 01100001 01100011 01100011 00110001 00110000 01101110 00110001 01110011 01110100 01100001 01110011 00100000 01111001 00100000 01100100 01100101 00100000 01101100 01100001 00100000 01110011 00110000 01100011 00110001 01100101 01100100 01100001 01100100 00100000 01100101 01101110 00100000 01100111 01100101 01101110 01100101 01110010 01100001 01101100
Transcodificación alfanumérica:
“Nuestr0 banc0 cuenta c0n un m0delo de neg0ci0 centrad0 en el cl1ente que le perm1te cumpl1r c0n su m1s10n de c0ntr1bu1r al pr0gres0 de las pers0nas y de las empresas. Nuestra v1s10n es c0nvert1rn0s en el mej0r banc0 c0merc1al, ganánd0n0s la c0nf1anza de nuestr0s emplead0s, cl1entes, acc10n1stas y de la s0c1edad en general”
Sabemos escuchar la voz del boro. Prestamos oídos. Pero ya no entendemos esas palabras. No sabemos qué es un banco, no sabemos qué es “nuestr0”, no sabemos qué son las personas, no sabemos qué son las empresas, ni los empleados, ni los clientes, ni los accionistas, ni la sociedad.
Esa es, precisamente, la venganza del boro: nuestro no saber.
Solamente masticamos insectos, los crujimos rítmicamente con los dientes. Así es como cantamos. Ciclonistas sigilosos bajo la gran montaña: la masa de letreros a la que nombran Olimpo, pero que en verdad es sin nombre. Y cantamos, según dicen los viejos (los odiamos: mienten), porque las estrellas cantan también. Pero algún día...

Primavera de 2117.